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Meditaciones (567)

“No hay otro Dios como Tú. Porque tu perdonas la maldad y olvidas las rebeliones”. Miqueas 7:18

Al pobre Publio Ovidio no pudo pasarle nada peor: tener problemas con el César. Por haber escrito algunas cosas que no cayeron bien en los oídos del emperador Octavio Augusto, Ovidio fue exiliado a la ciudad de Tomis, en la remota Rumania. Desde allí escribió a varios amigos para que intercedieran por él ante el emperador. Finalmente, escribió su obra Las tristezas, que no es más que un canto a la nostalgia, al dolor, al fracaso que le proporcionó el exilio. En Las tristezas Ovidio le pide perdón a Octavio. Lee atentamente las palabras que le escribió al emperador:

“Te suplico, ¡oh clementísimo César!, que leyendo mis versos depongas tu rencor. Confieso que es legítimo; no niego que lo merecí; el pudor no huyó hasta ese punto de mis labios; pero sin mi falta, ¿qué merced podrías otorgarme? Mi culpa te ha dado motivo para el perdón”.

¿Sabes qué hizo el César? No lo perdonó y Ovidio pasó el resto de su vida en el destierro.

Cuán distinto es Dios. Le hemos ofendido una y otra vez. Hemos pecado vez tras vez. Le fallamos continuamente. Sin embargo, a diferencia de Augusto, Dios siempre estará presto para perdonamos todas las veces que acudamos a él y reconozcamos nuestros delitos y pecados. Moisés declaró que Dios “por mil generaciones se mantiene fiel en su amor y perdona la maldad, la rebeldía y el pecado” (Exodo 34:7). El Salmista dijo: “Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad; decidí confesarte mis pecados, y tú, Señor, los perdonaste” (Salmo 32:5). El profeta Miqueas no se quedó atrás y exclamó: “No hay otro Dios como tú, porque tú perdonas la maldad y olvidas las rebeliones” (Miqueas 7:18). Dice Elena de White que “cuando veas la enormidad del pecado, cuando te veas como eres en realidad, no te entregues a la desesperación, pues es a los pecadores a quienes Cristo vino a salvar” (El camino a Cristo, cap. 3, p. 52).

Parafraseando a Ovidio podría decirte: “Tu pecado le ha dado a Dios la oportunidad que él necesitaba para poder perdonarte”. “Hijitos, les escribo a ustedes porque Dios, gracias a Jesucristo, les ha perdonado sus pecados” (1 Juan 2:12). (I) 

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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad dÍCÍ6mbr6 de cosas que no vemos” (Hebreos 11:1).

“Lamento tener que molestarlo, señor Müller. Pero tengo que decirle que los niños están esperando el desayuno y no tenemos nada que darles”. Con 1 estas palabras comenzó el día para George Müller, “el padre de los huérfanos”. Müller se levantó y comenzó a caminar hacia el comedor. En el comedor se encontraban trescientos niños, sentados a la mesa, frente a un plato vacío. Cuando una de las niñas le preguntó por la comida, Müller le dijo: “Dios proveerá”.

Entonces pidió a los niños que inclinaran la cabeza y oró: “Querido Dios, te damos gracias por lo que nos vas a dar de comer. Amén”. George no tenía idea de dónde saldría la comida, pero confiaba en que Dios les enviaría el desayuno. En ese momento alguien llamó a la puerta. Cuando Müller abrió, allí estaba el panadero. “Anoche no pude dormir pensando que ustedes necesitaban pan”, le dijo.

Pocos minutos después, una vez más llamaron a la puerta. Ahora era el lechero: “Señor Müller, se me ha descompuesto la rueda de mi carreta. Necesito que sus muchachos me ayuden. Aquí tiene diez cántaros de leche que ustedes pueden utilizar”. Efectivamente, ¡Dios proveyó el desayuno para los niños usando al panadero y al lechero!

Durante todo su ministerio Müller sirvió como padre de unos diez mil huérfanos. ¿Cómo pudo hacerlo? He aquí la respuesta que, según Janet y Geoff Benge, ofreció un diario británico: “El señor Müller ha manifestado al mundo que todo fue en respuesta a la oración. El racionalismo de la época se burlará de esta declaración, pero los hechos permanecen” (Padre de huérfanos, p. 196).

La oración es el medio que Dios nos ha dado para que alcancemos lo que nos parece imposible. No te canses de orar. No te canses de pedir. No te canses de creer. Es cierto que, para muchos, orar es un rito anticuado e irracional, pero los resultados de la oración son evidentes. El Dios que estuvo con Müller es el mismo que estará contigo y que te dará todo lo que necesites. Si “para Dios todo es posible” (Mateo 19:26), entonces no dejes de acudir, a él y pedirle todo lo que necesites. Así quedarás convencido de que recibirás lo que ahora no puedes ver. (I) 

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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. Sí -dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apocalipsis 14:13).

Un día como hoy el mundo fue sacudido por la noticia del deceso de Rolihlahla Mándela, conocido en la escena internacional como Nelson Mándela, y en su país como Madiba (el nombre de su clan). Faltaría espacio para explayarnos en su vida y obra. Fue el principal opositor del Apartheid, régimen racista que gobernó Sudáfrica desde 1948 hasta 1992. Por dicha oposición pasó veintisiete años en la cárcel. Sin embargo, mira lo que sucedió: en 1990 fue liberado, en 1993 recibió el premio Nobel de la paz por evitar una guerra civil y en 1994 se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica y en el primer mandatario sudafricano electo a través del voto universal.

La vida de Mándela se caracterizó por la defensa del perdón. Logró unificar un país devastado por el racismo, abrazó a las mismas personas que lo habían encarcelado y se dedicó por completo a trabajar a favor de la verdadera reconciliación de Sudáfrica. Para ello creó la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. El fue un digno ejemplo de este pasaje bíblico: “Revístanse de sentimientos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Colosenses 3:12). Richard Stengel dijo que Mándela quizá haya sido “el último héroe puro” que quedaba en el mundo.

Probablemente no estés interesado en una carrera política, ni en puestos administrativos u otras metas similares; pero todos dejamos una marca en el mundo, todos dejamos un legado. En Apocalipsis 14:13, la Palabra de Dios declara que incluso después de la muerte nuestras obras nos acompañan; es decir, nuestro legado seguirá vivo. Por tanto, nuestra vida no se mide por la cantidad de años que vivimos, sino por el impacto que tengamos en quienes nos rodean.

Hoy estás vivo, tienes la oportunidad de marcar la diferencia, de ser una luz en la oscuridad. Hoy tus acciones pueden ser determinantes en la vida de otros. Deja que la luz que Dios ha colocado en ti ilumine a los que te rodean por medio de la bondad. En palabras de Madiba: “La bondad de un hombre es una llama que se puede ocultar, pero no extinguir”. (I) 

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“Saúl y Jonatán, amados y queridos, ni en su vida ni en su muerte estuvieron separados” (2 Samuel 1:23).

Cuando uno repara en la vida del joven Jonatán, tiene que concluir que ese muchacho es de los personajes de mayor nobleza de carácter que registra la Biblia. ¿Por qué lo digo?

Como ya sabrás, Jonatán era el primogénito de Saúl, el primer rey de Israel. Como hijo mayor, Jonatán se crió siendo consciente de que a él le tocaría legítimamente sentarse en el trono de la nación. Y él tenía las cualidades para ser un buen rey. Era un hombre muy valiente, un hábil guerrero y un instrumento por medio del cual Dios obró maravillas en favor del pueblo (ver 1 Samuel 14).

Sin embargo, Jonatán nunca pudo ascender al trono. ¿Hizo algo malo? No. ¿Lo desechó el Señor? No. Simplemente tuvo que sufrir las consecuencias de las torpezas de su padre. El único culpable de que Jonatán no llegara a ser el rey de Israel fue Saúl. Cualquiera que hubiera estado en el lugar de Jonatán, probablemente se habría resentido mucho con Saúl. Sin embargo, no encontramos en las Escrituras ningún indicio de que Jonatán haya abrigado algún rencor contra su padre. Y esto a pesar de que Saúl, su propio padre, lo insultó (1 Samuel 20:30) y lo atacó con una lanza (1 Samuel 20:33). Tan leal fue este jovencito, que lo último que la Biblia dice de él es que murió peleando al lado de su padre (1 Samuel 31:2).

De la experiencia de Jonatán podemos extraer lecciones muy aleccionadoras. Aquí mencionaré dos. En primer lugar, nos guste o no, lo cierto es que corremos el riesgo de sufrir las consecuencias de los actos de nuestros padres. Jonatán lo perdió todo, incluyendo la vida misma, por los desaciertos de Saúl su padre. Como estamos expuestos a triunfar o fracasar por lo que nuestros padres decidan, lo mejor que podemos hacer es orar por ellos; pedirle al Dios del cielo que ilumine sus mentes, de tal manera que las decisiones que tomen sean de bendición para nosotros.

En segundo lugar, un padre nunca deja de ser padre. Hemos de amarlo independientemente de que sus acciones nos hayan lastimado. Jonatán nunca dejó de amar a Saúl; nunca lo irrespetó. Siempre mantuvo un trato amable y deferente hacia su progenitor. (I) 

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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, tú, Señor, te harás cargo de mí” (Salmo 27:10).
Tengo un amigo que suele usar estas palabras: “Para mí, el peor momento de mi vida es cuando tengo que comer solo”. Es innegable que la soledad es como un demonio que toma posesión de nosotros a pesar de que estamos rodeados de gente y tenemos cientos y cientos de “amigos” en nuestra cuenta de Facebook. ¿Cómo es posible que en un mundo tan conectado nos sintamos tan desconectados? Es como si cuanta más gente vive en el mundo más solitarios nos sentimos. La frase de Albert Schweitzer sigue siendo cierta: “Todos estamos muy juntos, pero todos nos estamos muriendo de soledad”. Paradójico, ¿verdad?
En el capítulo 2 de su libro Todos somos normales hasta que nos conocen, el pastor John Ortberg aborda el tema de la soledad. Ortberg cita varias sugerencias que hicieron un grupo de niños respecto a cómo hemos de lidiar con la soledad.
“La gente debería buscar a los solitarios y preguntarles su nombre y dirección. Después pedirles el nombre y la dirección a los que no se sienten solitarios. Cuando haya dos cantidades iguales, una de cada grupo, entonces les deben asignar personas solitarias a las no solitarias en el periódico”, dijo uno.
“Que inventen una comida que le hable a uno cuando se la coma. Por ejemplo, diría: ‘¿Cómo estás?’ y ‘¿Qué tal te fue hoy?’ ”, agregó otro.
Otro niño no dudó en dar este consejo:
“Entona una canción. Pisa fuerte. Lee un libro. (A veces parece que nadie me quiere, así que hago una de esas cosas)” (p. 32).
¿Alguna vez te has sentido así? No eres el único. El patriarca Job dijo de sí mismo: “Mis parientes y amigos me han abandonado; los que vivían en mi casa me han olvidado. Mis criadas me tienen por un extraño; ya no me reconocen” (Job 19:14, 15).
Si te sientes así, si la soledad rehúsa huir de tu vida, reclama esta promesa: “El Señor no abandonará a su pueblo, ni dejará solos a los suyos” (Salmo 94:14). Dios nunca se irá de tu lado. Si te sientes solo es porque tú te has alejado de él. La solución para tu soledad tiene un nombre: Jesús. Déjate acompañar por él. (I) 
#DejaqueDiosTeAcompañe
#MiCompañeroFiel
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“Llámame y te responderé, y te anunciaré cosas grandes y misteriosas que tú ignoras” (Jeremías 33:3).

David Servan Schreiber era un médico francés a quien, mientras estudiaba Psiquiatría en la Universidad de Pittsburgh, con apenas 31 años, le diagnosticaron un tumor cerebral maligno. Tras la operación, lo sometieron a un estricto tratamiento de quimioterapia. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos de la ciencia, la enfermedad reapareció. Con mucha preocupación le preguntó al cirujano qué podía hacer para evitar que la enfermedad siguiera propagándose. El médico le dijo claramente que no había nada que la ciencia pudiera hacer por él.

Como David tenía acceso a las bases de datos de la Universidad de Pittsburgh, se dedicó a investigar en la bibliografía científica cómo podía curar el cáncer. Viajó por muchos países estudiando sus costumbres y la incidencia del cáncer en sus poblaciones. Su intención era encontrar el modo de prevenir y sanar los tumores malignos. Documentó su búsqueda y sus hallazgos en el libro que tituló Anticáncer. Posteriormente, su obra fue traducida a 35 idiomas y vendió más de un millón de ejemplares. Entre sus hallazgos se destaca el papel del azúcar:

• “Se ha demostrado que el metabolismo de los tumores malignos depende en gran medida del consumo de glucosa. La explosión del consumo de azúcar contribuye a la reciente epidemia de cáncer”.

• “Nuestro cuerpo no está adaptado a unos niveles de azúcar tan elevados como los que se consumen actualmente”.

• “El azúcar funciona como fertilizante para los tumores, haciendo que crezcan más rápidamente por medio de la angiogénesis, que es la proliferación de vasos sanguíneos en los tumores, lo que les permite crecer más rápido”.

¿Por qué son relevantes estas declaraciones? Pues porque varias décadas antes ya Elena de White había escrito: “El consumo abundante de azúcar en cualquier forma tiende a recargar el organismo, y con frecuencia es causa de enfermedad” (Consejos sobre alimentación, cap. 11, p. 165). Elena nunca pretendió ser científica, aunque sus consejos sobre salud, educación, psicología y otros temas han demostrado ser más que conjeturas o teorías de la época. Investigaciones recientes, como las observaciones de David Servan Schreiber, confirman que las declaraciones de Elena son ciertas. ¿La razón? Ella obtuvo sus conocimientos de la Fuente de la ciencia: Dios. Por eso, como adventista, me siento orgulloso de decir: “Elena tenía razón”. (I) 

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“La belleza no es más que ilusión, pero la mujer que honra al Señor es digna de alabanza” (Proverbios 31:30).

En su libro Hot Illustrations for Youth Talks, Wayne Rice hace mención a la portada de una revista que exhibía una foto de Michelle Pfeiffer cuando la popular actriz estaba en pleno apogeo de su carrera. Junto con la foto se hallaba esta frase: “¿Qué necesita Michelle Pfeiffer? ¡Absolutamente nada!”

Un periodista, intrigado por la foto, decidió averiguar si era cierto aquello de que Michelle no necesitaba nada para lucir tan bella. Mientras indagaba el asunto recibió la factura del estilista que había trabajado con Michelle antes de que le tomaran aquella fotografía. Según la factura, la mujer que no necesitaba nada para lucir bien tuvo que hacerse: “Limpieza de cutis y cuello, eliminación de vello facial, ojeras y bolsas, estiramiento de las comisuras de los labios, reducción de barbilla, tratamiento de las arrugas del escote, aplicación de pintura labial y colorete en los pómulos, selección y puesta a punto de aretes y vestuario, estilización de la figura, ajustes de color en el pelo y añadido de pelo postizo, eliminación de pliegues en la ropa y añadido de costuras en el lado derecho del vestido”. ¿Cuánto cobró el estilista por hacer todo esto? Nada más y nada menos que 1.525 dólares.

La realidad es que con una inversión de mil quinientos dólares en estilismo, ¡hasta yo me vería espectacular! Quizá la frase de la revista pudo haber sido: “¿Qué necesita Michelle Pfeiffer para verse tan linda? ¡Nada más que 1.525 dólares!” No hay nada de malo en procurar la belleza física. Lo malo sería llegar a suponer que el físico lo es todo en la vida y que no se necesita nada más. Eso fue lo que creyó la mujer de Ezequiel 16. La Biblia dice que ella confiaba tanto “en su belleza” que terminó haciendo de su hermosura física “algo detestable” (Ezequiel 16:15, 25).

Dios, que como nosotros es amante de lo bello, procura encontrar en nuestras vidas una belleza de mayor trascendencia que la que podemos ver con los ojos. Él “sobre todo aprecia la belleza del carácter” (El camino a Cristo, cap. 10, p. 126). Esa nada más se consigue honrando al Señor. (I) 

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“Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros, como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3).

Uno de los aportes más significativos que la tecnología ha hecho a nuestro día a día es la mensajería instantánea. Aunque ya los mensajes de texto existían antes del Internet y los teléfonos inteligentes, la aparición de estos últimos ha abaratado los costos y permite enviar mucho más que mensajes. Hoy, gracias a aplicaciones como iMessage, BBM, Line, Tango y otras puedes enviar mensajes a todos tus contactos de forma rápida y segura.

En el año 2014 sucedió algo muy interesante con la aplicación de mensajería más usada, WhatsApp. Resulta que anteriormente podías ver cuando un mensaje había sido recibido por la otra persona, aunque esto no significara que dicho mensaje había sido leído, gracias a dos “palomitas” (//) verdes que aparecían junto al mensaje. A partir de mediados del 2014, cuando la otra persona leía el mensaje esas “palomitas” cambiaban a azul. Esto desató una oleada de comentarios, chistes, quejas, bromas y demás. ¿Por qué tanto escándalo por eso? Bueno, supongo que sabrás lo que se siente que le envíes un mensaje a un amigo, sepas que lo recibió, te des cuenta de que lo leyó y aun así no te conteste. Frustrante, ¿verdad?

Ahora quiero que reflexiones conmigo por un momento. Tú y yo hemos recibido la Biblia, la Palabra de Dios. Nos ha llegado gracias al sacrificio de muchas personas a lo largo de la historia, y cada día podemos descubrir a través de su lectura muchas bendiciones, entre las que se encuentra el conocimiento de la salvación. Pero al igual que un mensaje de WhatsApp, no basta solo con leerla, su Autor también espera una respuesta de nuestra parte. En algunos pasajes su intención es clara: “Dame, hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26, RV95); “Yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Apocalipsis 3:20) o “Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar” (Mateo 11:28).

Hoy has leído el mensaje de Dios para ti, ahora él espera tu respuesta. No dejes el mensaje solo en “visto”, el Señor anhela escuchar tu respuesta. (I) 

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“Si no nos desanimamos, a su debido tiempo cosecharemos” (Gálatas 6:9).

Félix María Samaniego fue un escritor del siglo XVIII que ha llegado a distinguirse por sus fábulas escritas en verso. En uno de sus relatos describe los sueños de “la lechera”, una ilusa joven que vendía leche en el mercado. Un día, mientras llevaba el cántaro de leche en la cabeza, comenzó a imaginar lo que haría cuando vendiera la leche. Con el dinero se compraría “un canasto de huevos”, del cual nacerían cien pollos. Al vender los pollos adquiriría un cerdo. Cuando el cerdo estuviera tan gordo que la barriga le pegara al suelo, lo vendería y entonces se compraría “una robusta vaca y un ternero, que salte y corra toda la campaña, hasta el monte cercano a la cabaña”. Mientras se imaginaba todo eso, la joven tropezó y “adiós leche, dinero, huevos, pollos, lechón, vaca y ternero”. A renglón seguido, Samaniego escribe: “¡Oh loca fantasía! ¡Qué palacios fabricas en el viento!”

Sí, a veces nuestras metas son puras fantasías cimentadas en el viento. No vas a alcanzar tus metas si lo único que tienes es una buena imaginación. La imaginación es útil solo en la medida en que vaya acompañada de una buena dosis de transpiración. El día que escribí esta reflexión leí la historia de Tom Toro, uno de los caricaturistas de la revista The New Yorker. De joven siempre soñó con ver sus caricaturas en The New Yorker. Mandó la primera caricatura, se la rechazaron. La segunda, también. .. Lacaricatura número trescientos, rechazada. ¿Qué más podía hacer? Visitó personalmente a Bob Mankoff, el editor de la revista. ¿Y qué le dijo Mankoff? Le dijo: “Amigo, sus dibujos no están listos”. Pero Toro no desistía. Recordando aquel momento declaró en una entrevista: “Regresé a mi casa, saqué un papel en blanco, y traté de dibujar con el corazón”. Es decir, se empeñó en seguir trabajando. Un día, tras haber enviado a The New Yorker seiscientas diez caricaturas, recibió un correo de la revista que decía: “Hemos comprado su caricatura”.

La crítica de Mankoff indujo a Tom Toro a trabajar con mayor entusiasmo. Su caso hace palpable lo dicho por Salomón: “Con el tiempo, más se aprecia al que critica que al que alaba” (Proverbios 28:23). El esfuerzo de Toro redundó en la consecución de su sueño. ¿Qué ejemplo seguiremos? ¿El de Toro o el de la Lechera? (I)

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