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Meditaciones (567)

“Ustedes necesitan perseverar para que […] reciban lo que él ha prometido” (Hebreos 10:36, NVI).


A finales de la década de 1980 y durante gran parte de los noventa era muy común escuchar al narrador de la NBA decir: “Y ahora, desde Carolina del Norte, midiendo 1.98, su majestad del aire, ¡Michael Jeffrey Jordán!” Entonces Jordán entraba a la duela con el número 23 en su camiseta. Jordán es considerado el mejor deportista del siglo XX.

Fue seis veces campeón de la NBA, seis veces jugador más valioso de las finales, participó catorce veces en el juego de las estrellas, ganó en cinco ocasiones el título Jugador Más Valioso de la temporada y ganó dos medallas de oro en las olimpiadas.

Aunque no lo creas, si hay alguien que también conoció el fracaso ese es Jordán. Ayer te conté que cuando tenía quince años lo descartaron del equipo de baloncesto porque, comparado con su estatura (1.80 metros), era “débil y frágil”. ¿Cómo superó Jordán ese impedimento y se convirtió en la superestrella que todos admiramos? Perseverando. Una de sus frases célebres reza: “He fallado una y otra vez en mi vida y por eso triunfé”.

La perseverancia de Jordán es casi legendaria. Se dice que cada día lanzaba dos mil tiros en su cancha personal. En la postemporada de 1996-1997, los Bulls de Chicago se enfrentaban a los Jazz de Utah, en el quinto juego de una serie de siete. La serie estaba empatada a dos. Jordán jugó 44 de los 48 minutos del partido, ¡pero lo hizo con fiebre! Y aun así anotó 38 puntos y le dio la victoria a su equipo.

Finalmente ganaron toda la serie. Una de sus frases más famosas pone de manifiesto su filosofía de vida: “Algunas personas quieren que algo ocurra, otras sueñan con que ocurra, otras hacen que suceda”. Sin duda alguna, él es de los que hacen que las cosas sucedan.

La perseverancia de “su majestad del aire” lo llevó a la cima; él no se rendía, siempre se mantenía en la cancha dando lo mejor de sí hasta el último segundo del juego. Es mi deseo que tú también perseveres en tu trabajo, en tus estudios, en tus relaciones interpersonales, y sobre todo en tu relación con Dios, no olvides que “el que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13, RV95). (I) 

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#NoTeRindas
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“El hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1 Samuel 16:7).

Con lágrimas en los ojos se acercó a su madre y le dijo: “Mamá, el entrenador me ha dejado fuera del equipo”. Como no estaba dispuesto a renunciar a la posibilidad de jugar al baloncesto, un día fue a la cancha y le dijo al entrenador: “Por favor, déjeme acompañar al equipo”.

El entrenador se lo negó en varias ocasiones, pero ante tanta insistencia, una vez le dijo: “La única manera en que podrás ir con el equipo principal es si estás dispuesto a cargar los uniformes de los jugadores”. La reacción del muchacho no se hizo esperar: “Si eso es lo que usted necesita, lo haré”.

Desde entonces se propuso llegar a ser un gran jugador de baloncesto. Trabajó día y noche a fin de mejorar su rendimiento. Tan arduo fue su esfuerzo, que en tan solo un año creció de 1.77 a 1.90 m. Luego comenzaron a llegar los momentos buenos. Recibió una beca para estudiar en la Universidad de Carolina del Norte, en la que brilló como uno de los mejores jugadores de la NCAA.

Llegó el Draft de 1984. La primera selección pertenecía a Houston. ¿A quién eligieron? A Hakeen Olajuwon. La segunda selección le correspondía a Portland. En aquel entonces brillaban los jugadores de gran estatura, así que Portland optó por seleccionar a Sam Bowie. Finalmente, Chicago seleccionó al joven de nuestra historia en la tercera posición del Draft.

Pero no todo termina ahí. El gran sueño de ese jovencito era firmar un contrato con Adidas, la marca de ropa deportiva más prestigiosa de la época. En cambio, Adidas lo rechazó porque era muy “pequeño” y preferían jugadores “más grandes”. Nuestro chico tuvo que conformarse con firmar con Nike. Hoy los consumidores hacen filas enormes para conseguir sus tenis.

Rechazado en la secundaria, rechazado como la primera opción del Draft, rechazado por Adidas… ¿Ya sabes de quién te estoy hablando? De Michael Jordán, el número 23 de los Chicago Bulls. Muchos dudaron de que Michael pudiera llegar a convertirse en un gran jugador. La experiencia de Jordán nos enseña que no deja de tener vigencia el consejo dado por Jesús: “No juzguen ustedes por las apariencias” (Juan 7:24). Hoy tendremos maravillosas oportunidades para poner en práctica el consejo del Maestro. (I) 

#lasAparienciasEngañan
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“¿Qué diremos entonces? ¿Vamos a seguir pecando para que Dios se muestre aún más bondadoso? ¡Claro que no!” (Romanos 6:1, 2).

En su libro Finding God, Phillip Yancey cita un relato del historiador y crítico de arte Robert Hughes. Según Hughes, un hombre que había sido condenado a pasar el resto de su vida en la cárcel fue enviado a un penal de máxima seguridad en una isla australiana. Un día el convicto, sin haber recibido ningún tipo de provocación, se levantó y asesinó a uno de sus compañeros.

Cuando compareció delante del juez, el asesino narró sin remordimientos cómo había asesinado al otro preso. Tras haberlo oído con atención, el juez le preguntó: -¿Por qué lo hiciste? ¿Qué te motivó?

-Porque estoy cansado de vivir en un lugar como este -respondió el asesino.

-Sí, lo entiendo. En ese caso pudiste lanzarte al mar y acabar con tu propia vida. ¿Pero por qué asesinar a otro?

-Bueno, lo que pasa es que soy católico. Si yo me suicidio iré directamente al infierno. Pero si asesino a otro, antes de que ustedes me ejecuten yo podré confesarme ante un sacerdote y Dios me perdonará.

Entonces, Yancey se pregunta: “¿Por qué no asesinar, como lo hizo ese prisionero australiano, si tú sabes de antemano que recibirás el perdón?” (p. 180).

¿Alguna vez has pecado de esa manera? ¿Es decir, con alevosía y premeditación porque sabes que cuando pidas perdón Dios te perdonará? Solemos creer que todo se resuelve cuando recibimos el perdón divino, pero el problema de jugar con el pecado es que al final puede llevarte a un punto en que no querrás recibir el perdón. Te pondré un ejemplo. ¿Podía Jesús perdonar la traición de Judas? ¡Claro que sí! Sin embargo, Judas consideró que la solución a su problema era ahorcarse. ¡Y eso fue lo que hizo! ¿Crees que Judas planificó ahorcarse? No, lo que él planificó fue traicionar a Jesús. Pero el pecado logró dominarlo de tal manera que el traidor ya no quiso pedir perdón por su pecado.

Aunque la Biblia dice que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20, RV95), hemos de cuidarnos de no seguir pecando porque contamos con un Dios de amor. Precisamente porque servimos a un Dios que nos ama es que debemos apartarnos del pecado. (I) 

#UnJuegoPeligroso
#NoJueguesconelPecado
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“Si uno se mantiene limpio de esas faltas, será como un objeto precioso, consagrado y útil al Señor, apropiado para cualquier cosa buena” (2 Timoteo 2:21).

Le preguntaron a un ancianito cómo había sido su consagración a Dios. Tras pensar por unos segundos, el hombre dio esta respuesta:Yo acostumbraba a ser comparativamente puro, relativamente honesto, y más o menos consagrado.

Sin duda su ejemplo es lo que podríamos llamar una vida cristiana a tiempo parcial. ¿Es eso lo que Dios espera de ti? Claro que no. Jesús espera una consagración completa. Pero ¿en qué consiste la consagración? La respuesta a esa pregunta puede ser la causa de la mayor parte de nuestros problemas espirituales.

Hay quienes suponen que la consagración es una experiencia mística, un don especial que solo han recibido unos pocos; otros piensan que la consagración tiene que ver con experiencias paranormales, que van más allá de lo que realmente es posible para seres comunes y corrientes como somos nosotros. ¡Pero no es así! Tú y yo podemos llegar a ser gente consagrada.

Creo que la siguiente ilustración de Dwight L. Moody nos ayudará a entender lo que estamos diciendo. Cuenta Moody que en cierta ocasión se le preguntó a un humilde trabajador qué hacía para mantenerse firme en los caminos del Señor. El hombre respondió con estas palabras: “Me acerqué al Salvador, me recibió y nunca le dije adiós”.

Eso es consagración: Mantenernos cerca del Señor en todo momento. Te aconsejo que memorices esta archiconocida declaración inspirada:“Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primera tarea. Sea tu oración: ‘Tómame, ¡oh Señor!, como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Usame hoy en tu servicio. Mora conmigo, y sea toda mi obra hecha en ti’. Este es un asunto diario.

Cada mañana, conságrate a Dios por ese día. Somete todos tus planes a él, para ponerlos en práctica o abandonarlos, según te lo indique su providencia. Podrás así poner cada día tu vida en las manos de Dios, y ella será cada vez más semejante a la de Cristo” (El camino a Cristo, cap. 8, p. 104).

¿Crees que es posible para ti poner en práctica lo que dice esa maravillosa declaración? Si lo haces, serás, como dice el texto de hoy, “un objeto precioso, consagrado y útil al Señor, apropiado para cualquier cosa buena”. (I) 

#ConsagrateaDios
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se habia perdido” (Lucas 19:10).

Herbert Hoover, presidente de los Estados Unidos desde 1929 hasta 1933, era un apasionado fanático del béisbol, que solía hacer el primer lanzamiento del primer partido de los Senadores de Washington. Públicamente llegó a decir que “la religión y el béisbol son las instituciones que mayor impacto han tenido en la vida americana”. De hecho, entre el 24 de enero y el 22 de marzo de 2015, el Museo Presidencial Hoover puso en exhibición su colección privada, que incluye aproximadamente ciento ochenta pelotas firmadas por jugadores estelares de la época, incluyendo a Babe Ruth.

Su pasión por el béisbol era tan grande que en 1931, en medio de la Gran Depresión que aquejaba al país, viajó en tren desde Washington hasta San Luis para realizar el primer lanzamiento del primer partido de la Serie Mundial entre Filadelfia y San Luis. Según nos cuenta Kay D. Rizzo, cuando el presidente llegó al estadio fue rodeado por los periodistas. Preguntas, fotos, risas... todo estaba saliendo de maravilla. Como la gente le insistió en que se hiciera fotos mientras lanzaba algunas pelotas, el presidente se demoró en entrar al estadio y el partido tuvo que comenzar sin él. “A pesar de los esfuerzos que había hecho para tener el privilegio de hacer el primer lanzamiento, Hoover perdió la oportunidad: se dejó distraer de su objetivo” (En la cima, p. 230).

Como puedes notar, dejarte distraer del objetivo que tienes para tu vida no te dará buenos resultados. En eso tenemos mucho que aprender de Cristo. Nada ni nadie lo pudo distraer de la meta que se propuso lograr cuando descendió a este mundo de pecado. Satanás, los fariseos, incluso sus propios discípulos intentaron disuadirlo de su misión, pero no lo lograron. Su mente siempre estuvo enfocada en esto: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se vuelvan a Dios” (Lucas 5:32); “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Al despreciado Zaqueo, le dijo: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

Jesús está empeñado día y noche en una solo cosa: ¡Salvarte! Nada podrá distraerlo de esa maravillosa misión. (I) 

#NoTeDistraigas 
#SalvaciónEnJesús
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Por causa del evangelio soporto sufrimientos, incluso el estar encadenado como un criminal; pero la palabra de Dios no está encadenada” (2 Timoteo 2:9).

“ Si Dios me lo permite, algún día haré posible que un joven que maneja el arado en Inglaterra, sepa más de la Escritura que el papa mismo”. Esa fue la meta que se propuso William Tyndale en una época cuando la Palabra de Dios nada más podía ser leída por los miembros de la élite sacerdotal y los integrantes de la nobleza que podían pagar una pequeña fortuna por adquirir el ejemplar de un libro.

Tras haber leído el Nuevo Testamento Griego de Erasmo, William se dio cuenta de la radical diferencia que había entre las verdaderas enseñanzas bíblicas y lo que él mismo había aprendido como sacerdote católico. La única manera de remediar esa situación era poniendo la Palabra de Dios al alcance de la gente común. Ilusionado con el proyecto, William se entrevistó con el obispo.

Con mucha elocuencia le planteó al prelado la imperiosa necesidad de que las Sagradas Escrituras llegaran a cada hogar de Inglaterra. Sin embargo, el obispo se opuso al plan y le prohibió tajantemente llevar a cabo dicha tarea. William tenía dos opciones: 1) seguir luchando por alcanzar su meta de que la Biblia llegara a todos; 2) obedecer a su superior.

Por supuesto, para él era más importante que “la Palabra del Señor corra” (2 Tesalonicenses 3:1, RV95); es decir, ¡que el mensaje de salvación llegara a los ingleses en su propio idioma! Así que bajo la dirección del Espíritu de Dios se propuso seguir adelante con el proyecto.

William Tyndale abandonó Inglaterra y se trasladó a la ciudad de Worms, en Alemania. Allí completó la traducción del Nuevo Testamento al inglés, y en 1526 imprimió tres mil ejemplares. Desde entonces se desató una feroz persecución contra ese noble hijo de Dios. El 21 de mayo de 1535 fue arrestado en Bruselas y el 6 de octubre de 1536 fue ahorcado y luego su cuerpo incinerado. ¿Su delito? Proponerse que los jóvenes de habla inglesa leyeran y comprendieran la Palabra de Dios.

Hoy, cuatrocientos ochenta años después de su muerte, me pregunto: ¿Valió la pena el sacrificio de Tyndale? ¿Eres tú un joven “que enseña debidamente el mensaje de la verdad” (2 Timoteo 2:15)? (I)

#ElMensajedelaVerdad
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2016

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“Así que, cuando el espíritu maligno de parte de Dios atacaba a Saúl, David tomaba el arpa y se ponía a tocar. Con eso Saúl recobraba el ánimo y se sentía mejor, y el espíritu maligno se apartaba de él” (1 Samuel 16:23).

En el año 2000 se popularizó el uso de Napster, un sistema de distribución de archivos MP3. Napster inició una “revolución musical” que cambió la industria de la música para siempre. El 22 de octubre del año 2001 Steve Jobs sorprendió al mundo al anunciar el reproductor MP3 de Apple, mejor conocido como iPod.

Este revolucionario dispositivo le “puso la tapa al pomo” de la revolución musical iniciada por Napster. Desde su salida al mercado hasta el presente se han vendido más de doscientos millones de iPods en el mundo, haciéndolo el reproductor de música más vendido de la historia.

Una de las ventajas del iPod es que te permite no solo reproducir música, sino también crear tus propias listas de reproducción con tu música preferida. Para algunas personas sus listas de reproducción son tan personales que compartirlas es lo mismo que divulgar un secreto íntimo.

Muchos jóvenes organizan sus listas de reproducción dependiendo de su estado de ánimo, pues se ha demostrado que la música influye directamente en nuestro ánimo. ¡Imagínate el poder que tiene la música! No sé si te has fijado, pero siempre tenemos una canción en la punta de la lengua dependiendo de la situación.

Cantamos cuando nos enamoramos, cuando celebramos un cumpleaños, cuando adoramos, cuando estamos atravesando una situación difícil... En fin, tenemos música para todo.

Los niños de nuestras iglesias suelen recitar lo que se conoce como “Ley del Conquistador”. Dicha ley dice que siempre debo “conservar una canción en mi corazón”. Así que hoy quiero preguntarte, querido amigo, querida amiga: ¿Qué canciones hay en tu corazón? ¿Qué tipo de música tienes en tu lista de reproducción? ¿Cuáles son las canciones que influyen en tu estado de ánimo?

No sé tanto de música como me gustaría, pero a juzgar por el texto bíblico de hoy una cosa es cierta: la música tiene tanto poder que puede incluso ahuyentar a los espíritus malignos, o atraerlos agregaría yo.

Así que hoy elige bien la música que te acompañará, y no olvides honrar a Dios en lo que escojas escuchar.(I) 

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“¡Todo es posible para el que cree!” (Marcos 9:23).

Cuenta la historia que dos niños patinaban alegremente sobre un lago helado cuando, de pronto, el hielo se rompió y uno de ellos cayó al agua. La corriente interna lo arrojó varios metros por debajo de la parte helada. La única manera de salvarlo era rompiendo la capa de hielo que lo cubría.

El otro niño comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero como nadie le respondía buscó una piedra y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas una y otra vez. Golpeó, golpeó y golpeó hasta que finalmente se hizo una grieta. Entonces metió el brazo, agarró a su compañero y logró salvarlo de una helada muerte.

Varios minutos después llegaron los bomberos. Cuando el pequeño héroe les contó lo que había ocurrido y cómo había logrado salvar a su compañero, los rescatistas no paraban de preguntarse cómo aquel niño tan pequeño había sido capaz de romper una capa de hielo tan gruesa.

-Es imposible que lo haya logrado con sus pequeñas manos; no es posible, no tiene la fuerza suficiente. ¿Cómo ha podido conseguirlo? -comentaban entre ellos.

Un anciano que estaba por los alrededores, tras escuchar la conversación de los bomberos, se acercó a ellos y les dijo:

-Yo sí sé por qué lo logró -dijo.

-¿Por qué? -preguntaron sorprendidos.

-Porque no había nadie a su alrededor que le dijera que no podría lograrlo.

La Biblia está repleta de personajes que alcanzaron el éxito porque nadie les dijo que no podían lograrlo. Hicieron cosas asombrosas, que humanamente hablando parecerían imposibles de realizar. Por ejemplo, José llegó a ser primer ministro de Egipto porque nadie le dijo que no podría lograrlo; Gedeón derrotó a los madianitas porque nadie le dijo que no podría lograrlo; Ester salvó a su pueblo porque nadie le dijo que no podría lograrlo; Zaqueo pudo ver a Jesús porque nadie le dijo que no podría lograrlo.

¿Alguien te ha dicho que no puedes alcanzar esa meta que te has propuesto? ¡No le hagas caso! Afórrate a lo que dice el texto de hoy: “¡Todo es posible para el que cree!” (Marcos 9:23), para el que deja de confiar en sus propios talentos y decide creer que unido a Dios hará lo que de otra manera le es una imposibilidad. Si el niño de nuestro relato pudo, ¡tú también podrás! (I) 

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“Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Efesios5:2)

La mayoría de nosotros ha oído hablar de la lista de Oskar Schindler, el alemán que salvó de los hornos crematorios nazis a más de mil judíos. Sin embargo, muy pocos conocemos a Chiune Sugihara.
Chiune fue cónsul del Imperio Japonés en Lituania durante la Segunda Guerra Mundial.

Cuando Hitler invadió Polonia el 1 de octubre de 1939 muchos judíos escaparon a Lituania. Pero cuando los nazis invadieron Lituania en 1940 la situación de los judíos en ese país se tornó bastante desalentadora. Es en ese momento oscuro de la vida de los descendientes de Jacob cuando entra en acción Chiune Sugihara.

Aprovechando su cargo, Sugihara ayudó a miles de judíos a salir de Lituania, otorgándoles visados de tránsito para que pudieran viajar a Japón. Por supuesto, ayudar a los judíos puso en riesgo la carrera de Chiune y la seguridad de su familia, puesto que lo hizo contrariando las órdenes del gobierno japonés. Finalmente, tras haber otorgado visas a miles de judíos, el Ministerio de Relaciones Exteriores lo depuso de sus funciones consulares.

Cuando se le preguntó por qué había desafiado a su gobierno sabiendo que le costaría su exitosa carrera, Sugihara dijo: “Porque los judíos eran seres humanos que precisaban ayuda. [...] Estoy contento de haber hallado la fuerza que necesitaba para ayudarlos” (The Greatest Stories Never Told, p. 174).

Como a Chiune Sugihara, en algún momento nos tocará a nosotros escoger entre lo que nos conviene o lo que es correcto. Más de una vez un acto de nobleza conllevará un elevado precio para quien lo practica. Jesús es el vivo ejemplo de esto. El Maestro pudo haberse quedado en el cielo y disfrutar las comodidades del paraíso en comunión con los ángeles. Sin embargo, no se quedó de brazos cruzados viendo cómo el dominio de Satanás estaba condenando a los seres humanos a la perdición eterna.

El Hijo de Dios descendió a la tierra, se humanó, y entregó su vida para que el nombre de cada uno de nosotros quede inscrito “en el libro de la vida del Cordero que fue sacrificado” (Apocalipsis 13:8).
Aunque no formamos parte de las listas de Schindler y Sugihara, sí podemos formar parte de la lista de Cristo, la lista de los salvados. (I) 

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