Meditaciones

Meditaciones (567)

Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré… y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos. 1 Samuel 17:45-47. Toda la vida del cristiano es una vida que, aunque consciente de la realidad visible, de los condicionamientos económicos, sociales, culturales, físicos, de formación psicológica, o de las situaciones dramáticas y muchas veces extremas a las que estamos sometidos los hombres, confía en una realidad superior e invisible: Dios, su poder, su bondad y su intervención en favor de sus hijos de la Tierra. Seguramente, tú también tienes gigantes que enfrentar en tu vida, que pueden amedrentarte, debido a tus pocas fuerzas y capacidades, y que parecen burlarse de ti, amenazando con destruirte. Quizás estés pasando por un grave problema económico o laboral, o en tu relación de pareja, o con tus padres. Tal vez una enfermedad terrible amenaza tu vida o la de alguno de tus seres queridos. Tal vez te parece imposible aprobar esa materia del colegio o de la facultad. Quizá tienes grandes conflictos o traumas psicológicos, que te hunden en la ansiedad, la depresión o la angustia, y te parece imposible liberarte de ellos. O a lo mejor hay algunos pecados o algunos defectos de carácter que te cuesta vencer. No importa qué gigante te amenace, tu Dios es más grande que tu problema. Y si bien, como David, no debes quedarte de brazos cruzados creyendo que Dios hará todo por ti sin tu participación, sino que saldrás a la batalla como lo hizo él, toma en tus manos lo poco o nada que tengas: tu mente, tu corazón, tu inteligencia, tus pequeños o grandes talentos, tu voluntad (la que tengas, poca o mucha), y en el nombre de Dios, confiando en su poder, su sabiduría y su amor, enfrenta tus miedos, lo que amenace tu vida, y véncelos en el todopoderoso nombre de Jesús.

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Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. 1 Samuel 16:7. Nos guste reconocerlo o no, a igualdad de talentos, capacidades y capacitación, en general tiene mayores probabilidades de ser seleccionada para ocupar un puesto, en cualquier ámbito, la persona que presente una mejor imagen personal. Incluso, sobre todo en las áreas de trabajo femenino, como las secretarias, a veces gana el puesto la más bella y no tanto la más eficiente. Del mismo modo, la sociedad tiende a valorar a quienes son “importantes”, en términos de posición económica, logros académicos, profesionales, artísticos, deportivos y políticos. Se pasa por alto a la gente común, humilde, que abnegadamente y muchas veces heroicamente cumple con su papel cotidiano como trabajadores, padres, hijos o amigos. Pero Dios tiene otra mirada. Como dice nuestro texto de reflexión para hoy, él no ve las cosas como las ven los seres humanos; tiene otra perspectiva y otros valores. Él sabe que la gente que más vale no es necesariamente la que tiene más dinero, opulencia, propiedades, joyas, ropa fina y títulos universitarios, ni la más talentosa o la más bella. Sabe que lo que importa es qué tipo de corazón tiene: si en su interior hay amor, simpatía por otros, solidaridad, rectitud, honestidad, integridad, ternura, pureza, humildad, mansedumbre. Es decir, lo que nos hace verdaderamente humanos, en el sentido pleno del término. Lo que importa es nuestro fuero íntimo, la calidad de nuestros sentimientos hacia Dios y hacia los demás. Hoy, Dios sabe lo que hay en tu corazón. No pretende hallar perfección en él, pero sí sensibilidad, sencillez, deseos de andar en sus caminos. Sabe de tu ternura, de tu deseo de ser íntegro, honesto, puro; de tu deseo de amar a la gente y hacerle el bien, y nunca dañar a otros. Si tal es tu corazón, no te importe tu apariencia, tus títulos, tus logros o tu posición social y económica. A Dios le interesa tu corazón, que es lo único que llevarás al cielo cuando él regrese a buscarnos.

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Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. 1 Samuel 15:22. Si tengo que ser justo contigo y con la revelación bíblica, la Sagrada Escritura también revela aspectos de Dios que a nosotros, limitados e ignorantes mortales, nos resultan difíciles de digerir. Saúl pelea contra el pueblo de Amalee, lo vence, pero no cumple estrictamente la orden de Dios, y perdona al rey Agag, y lo mejor de los animales (ver 1 Sam. 15:3, 9). Los pueblos cananeos eran gente entregada a la perversión, la idolatría y la violencia, y a groseras degradaciones sexuales y litúrgicas. Dios, entonces, anuncia a Saúl su destitución del reino, por causa de esta desobediencia, con las palabras tan significativas de nuestro texto de hoy, y agrega: “Como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (vers. 10). Y establece un principio fundamental de nuestra relación con él: la obediencia estricta a su voluntad. Dios espera de nosotros que seamos hijos obedientes. Y no lo hace porque sea un déspota narcisista, que necesita alimentar su ego exigiendo nuestra completa sumisión, sino porque sabe que NOSOTROS NECESITAMOS ser absolutamente obedientes a su voluntad. Porque sabe que debe quebrarse, en nosotros, el principio de la rebelión originado en el cielo con Satanás, que dio lugar al “terrible experimento de la rebelión”, porque ese principio está en la base de todas las desgracias y las tragedias que padecemos los seres humanos. Dios sabe que, aunque nos jactemos de madurez emocional, histórica y social, la mayoría de los seres humanos somos cual niños caprichosos, que vivimos como bajo un ensalmo, hipnotizados por el pecado y por nuestros egoísmos. Y sabe que la única forma de que nuestra vida sane de la embriaguez de mal y se libere de la esclavitud del pecado es que aprendamos a ser estrictamente obedientes a su voluntad santa, justa y buena. Solo así nuestra vida tendrá claridad, firmeza, fortaleza moral y seguridad.

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Gedeón dijo a Dios: No se encienda tu ira contra mí, si aún hablare esta vez; solamente probaré ahora otra vez con el vellón. Te ruego que solamente el vellón quede seco, y el rocío sobre la tierra. Y aquella noche lo hizo Dios así; solo el vellón quedó seco, y en toda la tierra hubo rocío. Jueces 6:39, 40. ¿Es Dios inflexible o consentidor? ¿No hay una postura pedagógica que nos dice que no debemos ceder a los caprichos de nuestros hijos, porque sería malcriarlos? ¿No dice la Biblia que la fe es la condición para poder contar con la bendición de Dios? Sin embargo, en la Biblia encontramos lo que en lenguaje teológico se ha denominado “tensiones teológicas”, o “paradojas bíblicas”; es decir, aparentes contradicciones en el texto bíblico, que en realidad no son contradicciones, sino conceptos que se complementan, que presentan las dos o más caras que tiene una cuestión. Dios se aparece a Gedeón, y lo llama para ser el libertador de su pueblo oprimido por los madianitas. Pero Gedeón cuestiona a Dios diciéndole que si realmente estuviera con su pueblo no permitiría esta opresión (vers. 13). Dios pasa por alto esta expresión de duda, y le asegura a Gedeón que él salvará a Israel de mano de los madianitas (vers. 14). Este hombre a quien Dios había calificado como “varón esforzado y valiente”, y que se muestra como un ser muy inseguro, le pide a Dios una serie de señales para asegurarse el apoyo divino en este conflicto. Lo maravilloso es que el Soberano del universo condesciende con las limitaciones humanas de este hombre. Dios conoce cada corazón, “conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Sal. 103:14). Sabe de la fragilidad y las limitaciones que tiene cada uno de nosotros y, por lo tanto, sabe exactamente qué tipo de trato espiritual NECESITAMOS en forma individual, de parte de él, para que salgamos adelante en nuestra vida espiritual. Y así como condescendió con Gedeón, a fin de animar a este dubitativo e inseguro hijo de Dios, tu Padre tendrá misericordia de ti y te dará lo que necesites para afirmar tu fe, y para poner tu vida en un plano de seguridad espiritual, fortaleza y paz.

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Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios. Levítico 19:1, 2. Hoy en día, hay una tendencia a simplificar la definición de lo santo, a caer en el reduccionismo de limitar su significado a lo “apartado”, o “consagrado”; a vaciar de contenido moral el concepto de la santidad. Y, si bien es cierto estos conceptos son correctos, la santidad, y mucho menos la de Dios, no se agota en esta definición. Es muy frecuente en la Biblia que, cuando aparece la palabra “santo”, para referirse a Dios e incluso al hombre, el concepto esté asociado con el bien, la bondad, la rectitud, la justicia, la pureza moral. El texto de reflexión para hoy es la introducción a una serie de mandatos morales que Dios transmitió al pueblo de Israel (ver Lev. 19:1-37). Lo notable es que, antes de enunciar estos altos ideales y mandatos morales, Dios pone como fundamento de ellos su propia santidad: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”. Es decir, su santidad tiene un carácter marcadamente moral, y es la norma por la cual sus hijos deben regular su conducta. De igual manera sucede en el Nuevo Testamento: “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Ped. 1:14-16). Fíjate que la santidad está relacionada con la “manera de vivir”, y no es un concepto abstracto o un simplemente estar apartado. Querido joven: estás relacionado con un Dios santo; un Dios puro, noble, bueno, íntegro y lleno de amor. Por eso, él no puede ver el mal, el odio, el egoísmo, sin sentir un profundo dolor y rechazo interior. Su santidad es la bondad y el amor elevados a la enésima potencia. De allí que puedes estar seguro de que todas sus intenciones para tu vida están llenas de benignidad, rectitud y amor. Y lo más maravilloso es que te invita a la posibilidad de participar de esta santidad, para que, en un proceso paulatino, por la presencia de su Espíritu Santo en ti, puedas ir transformándote cada vez más a la semejanza de su carácter santo.

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Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado. Éxodo 34:5-7.

¿Has deseado en alguna ocasión VER a Dios? Estoy seguro de que sí. Creo que, si eres de verdad creyente, seguramente esta es la mayor aspiración de tu vida: tener un encuentro personal con Dios; verlo cara a cara; contemplar su gloria. Porque sabes, en lo profundo de tu alma, que nada hay más bello, sublime y glorioso que la Persona de Dios, el Ser en el que se encuentran y concentran todos los bienes y las bondades, y la felicidad inefable y eterna.

Moisés también tuvo esta aspiración. “él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria” (éxo. 33:18).

Como respuesta, Dios le promete:

“Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti” (éxo. 33:19).

¿Por qué consideró Dios tan importante hacer esto, proclamar su nombre, cuando lo que Moisés le pedía era poder ver su gloria? Porque, al proclamar su nombre, Dios se define a sí mismo delante de Moisés, y proclama lo que es más glorioso en él: su carácter, su ser moral íntimo.

Por encima de todos sus atributos, lo más excelso y sublime que define a Dios es su carácter. Y eso es lo que Dios sabía que, en definitiva, Moisés, al igual que todos nosotros, necesitaba conocer.

En el carácter de Dios hay un adecuado y exquisito equilibrio entre la misericordia y la justicia; entre el espíritu comprensivo y la verdad en su mayor pureza. No es el juez dictatorial, opresivo, mutilador, que tantos enfoques religiosos han retratado a lo largo de los siglos; ni tampoco el gran “papá Noel” que no se mete en nuestra vida, dejando que hagamos de nuestro mundo un caos y nos destruyamos los unos a los otros sin intervenir nunca para poner orden y resolver las cosas. Es un Dios de amor; ES amor (1 Juan 4:8), y en ese amor están conjugados admirablemente la justicia, la verdad y la misericordia.

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Celo equivocado

Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Romanos 10:2.

Hay un celo ruidoso, sin objeto ni propósito, que no obra de acuerdo con el conocimiento, sino que actúa ciegamente y, como resultado, destruye. No es el celo cristiano, pues éste se rige por principios y no es esporádico. Es ferviente, profundo y fuerte, embarga toda el alma y pone en ejercicio la sensibilidad moral. Para él, la salvación de las almas y los intereses del reino de Dios son asuntos de la más alta importancia. ¿Qué objeto hay que exija mayor fervor que la salvación de las almas y la gloria de Dios? Hay en esto consideraciones que no se pueden pasar por alto livianamente. Son de tanto peso como la eternidad. Los destinos eternos están en juego. Hombres y mujeres se deciden para bien o para mal. El celo cristiano no se agotará en palabrerías, sino que será sensible y actuará con vigor y eficiencia. Sin embargo, el celo cristiano inducirá a orar fervientemente y con humildad, y a la fidelidad en los deberes del hogar. En el círculo del hogar se verá la amabilidad y el amor, la benevolencia y la compasión, que son siempre frutos del celo cristiano…

¡Oh, cuán pocos aprecian el valor de las almas! ¡Cuán pocos están dispuestos a sacrificarse para llevar almas al conocimiento de Cristo! Se habla mucho, se profesa gran amor por las almas que perecen, pero el hablar cuesta poco. Lo que se necesita es ferviente celo cristiano, un celo que se manifieste en obras. Todos deben trabajar ahora para sí mismos, y cuando tengan a Jesús en su corazón, lo confesarán a otros. Más fácil es impedir que las aguas del Niágara se despeñen por las cataratas, que impedir a un alma poseedora de Cristo que lo confiese.63Joyas de los Testimonios 1:234.

La vida eterna debiera despertar el más profundo interés de todo cristiano. ¡Ser colaborador de Cristo y de los ángeles celestiales en el gran plan de salvación! ¿Qué obra puede compararse con ésta? De toda alma salvada asciende a Dios una ofrenda de gloria que se refleja sobre el salvado y sobre el que fue instrumento para su salvación.64Testimonies for the Church 2:232.

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Una vida de oración confiada

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pidepan, ledaráunapiedra?¿Osilepideunpescado, ledaráuna serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que lepidan? Mateo 7:7-11.

Más allá de la conducta ética, y como base de ella, la vida cristiana se caracteriza por ser una vida de fe, cimentada en la comunión con Dios, especialmente en la oración. Es de esta comunión íntima y confiada con tu Padre celestial de donde podrás extraer vida espiritual, fuerzas morales, ánimo y valor para vivir a la altura de los ideales que Dios tiene para ti.

De igual modo, Dios quiere que vivamos confiados en su fidelidad, en su amor y en su misericordia. él solo tiene hacia nosotros “pensamientos… de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11).

Su tierno corazón se conmueve por nosotros, por nuestras necesidades, y solamente desea darnos precisamente aquello que satisfaga nuestras más íntimas esperanzas y sueños legítimos. No abriga ninguna intención mala o sombría hacia nuestras personas; por el contario, anhela que seamos verdaderamente felices.

Por lo tanto, confía, y no temas ser egoísta o desvergonzado si le pides específicamente a Dios lo que necesitas. Es cierto que la oración no debería ser solo una especie de recurso para “sacar” cosas de Dios, como si él fuese tan solo un gran “almacén” cósmico del cual proveernos egoístamente de lo que queremos. La oración debería ser, por sobre todo, un medio para sostener una comunión íntima y salvadora con Dios. Pero, aun así, Jesús nos estimula a que pidamos y, de alguna manera, “pongamos a prueba” a Dios. él “dará”.

Tomado de: Lecturas devocionales para Jóvenes 2015
“El tesoro escondido” Por: Pablo Claverie

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