Meditaciones

Meditaciones (639)

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto.Isaías 53:3.

Creo que hasta que estemos en la eternidad, y gocemos de la bienaventuranza del cielo, jamás llegaremos a comprender cuán grande fue el sacrificio de Jesús. Estamos tan acostumbrados a vivir en medio de las condiciones adversas de este mundo de pecado que nos parece que esta es la realidad, que no existe algo mejor. No tenemos la mínima noción de la sensación maravillosa de permanente felicidad, bienestar y seguridad que a diario se experimenta en el cielo.

Al venir a nuestro mundo, Jesús fue “despreciado y desechado entre los hombres”. Era tan distinto, tan puro y santo, que desde niño sufrió la incomprensión, la envidia, la intolerancia, la impaciencia y el maltrato de los que lo rodeaban, aun de sus familiares directos. Fue despreciado, fue rechazado, fue dejado a un lado, aun desde niño.

Pero, hacia el final de su vida, ya no se trató solamente de gestos, miradas, actitudes y palabras de rechazo y menosprecio. Sufrió realmente el odio de los que lo rodeaban, e incluso una violencia terrible, que lo llevó hasta la cruz. Fue objeto del odio y la violencia de todas las fuerzas del infierno coligadas contra él, que sumaron a su odio la violencia de los hombres como instrumentos para ejercer su poder diabólico.

Pero, sobre todo, tuvo un tipo de sufrimiento misterioso y milagroso, al cual jamás seremos llamados a padecer: sobre su mente, su corazón, su conciencia y sus sentimientos se agolparon las culpas, las miserias, la condenación y el dolor de todos los pecadores que habitaron en la Tierra. Tan grande fue su dolor emocional que su corazón no aguantó, y a las tres horas de ser crucificado su corazón se quebrantó.

¿Cuestionas a Dios por todo el dolor que permite en nuestro mundo? Debes saber, entonces, que si bien lo permite, él mismo se entregó al dolor, para dejarse afectar por él, y de la manera más profunda. Es tu compañero en el sufrimiento, no solamente porque está a tu lado cuando sufres, para sostenerte, consolarte y alentarte, sino también porque él mismo pasó, al igual que tú, por la experiencia de gustar del dolor. Él sabe lo que sientes cuando sufres; ya estuvo allí. (I)

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Tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata. Nos metiste en la red; pusiste sobre nuestros lomos pesada carga. Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza; pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a abundancia. Salmo 66:10-12.

Nuestro texto bíblico para hoy es maravilloso, no solo porque nos da un atisbo de la función redentora del dolor, en manos de Dios, sino también porque nos muestra el destino al cual Dios quiere conducimos en medio del sufrimiento: una vida abundante.

El salmista usa la figura del proceso de refinación de la plata para ilustrar la obra que Dios realiza mediante el dolor: “Tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata”.

En manos de Dios, el dolor es como ese crisol calentado a altas temperaturas, que va separando la escoria del metal precioso, liberándonos de nuestras conexiones con el mal, con el egoísmo y la perversidad, y con la superfluidad. El proceso es muy doloroso, pero si nos aferramos de la mano de Dios y adoptamos la actitud adecuada, sabiendo qué es lo que Dios espera lograr de nosotros, saldremos purificados y ennoblecidos de la prueba. Pero, lo más importante es que todo este doloroso proceso tiene un fin último: “Nos sacaste a abundancia”.

Aun en esta vida, luego de haber pasado por las pruebas, si las hemos atravesado aferrados de la mano de Dios, al mirar hacia atrás podemos entender, muchas veces, la bendición disfrazada que representaron nuestros momentos difíciles: cómo hemos crecido, cómo hemos madurado, cómo nos hemos hecho más fuertes, cómo nuestro corazón se ha sensibilizado a Dios y a los valores realmente importantes de la vida, cómo hemos adquirido hondura, profundidad como seres humanos. Ya no somos tan huecos, tan frívolos, tan vacíos ni tan egoístas. Y, sin embargo, el propósito de Dios no termina ahí. Esa abundancia de la cual habla el salmista tiene que ver, sobre todo, con la vida futura e inmortal que Dios anhela concedernos.

En comparación con las maravillas y la bienaventuranza eterna, sentiremos que es poco lo que tuvimos que padecer aquí, si eso valió para estar en ese glorioso lugar. (I) 

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Jehová es mi pastor; nada me faltará… Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo… Salmo 23:1, 3-6.

Ya lo hemos dicho: no puedes escapar del sufrimiento, por muy ansioso que te pongas y trates de “atajar” el dolor. Por formar parte de un mundo de pecado, sufres. Pero, hay una diferencia muy marcada entre sufrir solos, sintiéndonos a merced de las circunstancias, del “destino”, o de la maldad de otros, sin saber qué va a ser de nuestra vida y contando únicamente con nuestros propios recursos, y sufrir acompañados, protegidos y alentados por un Ser superior.

La historia del cristianismo está saturada de las páginas gloriosas que escribieron aquellos santos hombres y mujeres de Dios, los mártires, quienes glorificaron a Dios con sus sufrimientos, y con la forma en que eligieron sufrir. Ellos morían con una sonrisa, cantando y alabando a Jesús, aun cuando estaban siendo apedreados, crucificados, decapitados o devorados por las fieras en el Circo Romano o por las llamas de la Inquisición. ¿Cómo se puede sufrir así, tanto y a tales extremos?

Es que no morían solos. No sé si de manera natural un ser humano puede soportar semejantes sufrimientos y aun así adoptar la actitud que tuvieron. Creo que hubo un milagro especial de sostenimiento del espíritu de aquellos seres ejemplares. Un milagro que puede estar al alcance de cada uno de nosotros cuando padecemos algún infortunio o desgracia, para que no solo no sucumbamos por causa de nuestro dolor, sino que, por el contrario, atravesemos por este con el rostro erguido, la actitud gallarda, con entereza sobrehumana.

Fíjate que el salmista NO dice “No temeré mal alguno porque NUNCA PERMITIRÁS que ande en valle de sombra de muerte”. No, lo que dice es que, aun cuando nos toque en suerte atravesar por este negro valle de dolor, no temeremos, ni desfalleceremos, ni sucumbiremos, porque nuestro Pastor estará a nuestro lado. Su compañía es todo lo que importa en esta vida; lo único seguro y que nos llena de esperanza. (I) 

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Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas. Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda. Éxodo 14:21, 22.

Seguramente ya has atravesado por situaciones que parecían sin salida. Quizás hoy mismo estás padeciendo una de esas circunstancias en las que te parece que todo va hacia la destrucción.

Pero, el Dios de los imposibles siempre obra con “pensamiento lateral”. Ve salidas donde el ser humano solo ve escollos. Ve liberación, victoria y gloria donde el hombre solo puede ver esclavitud y derrota.

Más de un hebreo debió de haber pensado: “Dios está loco. ¿Cómo vamos a avanzar por este mar inmenso, si no tenemos barcos, ni botes, y somos millones de personas, con ancianos, niños, y bestias de carga?”

¿Qué tendría que haber hecho Israel? ¿Debería haberse detenido a hacer un análisis científico, estadístico, de las probabilidades reales de que todo un mar se dividiera tan solo ante una vara alzada y una mano humana que se extiende sobre el mar? ¿Deberían haber consultado a los filósofos, los psicólogos, los sociólogos, los políticos, los historiadores, los científicos, para ver si ellos daban su visto bueno sobre semejante orden? Si así lo hubieran hecho, hoy ya no existiría el pueblo de Israel.

Lo único que hay que hacer (y que se puede hacer) en estos casos es tomarle la palabra a Dios, confiar en su poder y su sabiduría infinitos, y obedecer la orden de Dios, que es la manera más concreta de manifestar nuestra fe en nuestro Padre celestial. Los hebreos así lo hicieron. Se mojaron las sandalias, empezaron a avanzar por fe, y contra todo pronóstico humano pudieron ver las maravillas del poder de Dios.

¿Cuál es tu Mar Rojo? No importa cuál sea tu problema, llévalo a Dios. Él puede darte soluciones inimaginables para tus problemas. Puede sacar recursos “de la galera”, y no solo librarte de lo que te acosa, atormenta, sino también llevarte a un lugar de seguridad, paz y reposo. (I) 

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Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel… El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Éxodo 3:7-9.

Estas palabras, que Dios dirigiera a Moisés durante su primer encuentro con él, son aplicables a cada uno de nosotros, que sufrimos todo el dolor de vivir en este mundo de pecado.

Dios conoce tus aflicciones. Las ve, las contempla, y se conmueve por tu dolor. Y ha oído tu clamor, tus oraciones. No caen en saco roto, aun cuando todavía no veas la respuesta. Tarde o temprano, vendrá la liberación de tus problemas actuales, terrenales, además de la gran liberación final cuando Jesús venga a buscarnos.

Dios no es solo un ser compasivo, que pasivamente se sienta únicamente a darte sus condolencias. No, él es un Dios todopoderoso, que está planificando tu liberación. Él realiza acciones concretas, aunque no siempre entiendas cómo, para poner un límite a tus angustias. Los que hace tiempo andamos con Dios podemos dar testimonio de cómo Dios nos ha librado de situaciones y circunstancias angustiosas, y nos ha devuelto la paz y la serenidad luego de atravesar por conflictos y luchas.

Muchos creyentes quisieran construir aquí su paraíso terrenal, y esperan que Dios les resuelva todos sus problemas del aquí y ahora. Pero el propósito de Dios es más sublime. Nos está preparando una patria “mejor, esto es, celestial” (Heb. 11:16). Es “una tierra buena y ancha”, donde ya no habrá limitaciones para el bienestar y la felicidad como las que ha provocado el terrible experimento de la rebelión en este mundo. Esa sí será la liberación definitiva y gloriosa de todos nuestros pesares.

La segunda venida de Cristo, con todas las glorias que la acompañan, es la gran respuesta de Dios a la experiencia de dolor que nos ha traído el pecado. Esta venida nos asegura que el dolor no existirá para siempre. Aférrate hoy a esta bendita esperanza de liberación. (I) 

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Experimenta: ¿Alguna vez, al querer reparar un daño, lo empeoraste? Tal vez quisiste remediar lo que dijiste y terminaste peor.

Una receta de pegamento casero mencionaba la harina blanca y agua pero no las cantidades. la única indicación era agregar agua suficiente a la harina hasta lograr un líquido que pareciera pegamento. Tomamos harina de la despensa de mi mamá y le pusimos demasiada agua, así que agregamos más harina; como fue demasiada, tuvimos que añadir agua. Así seguimos hasta usar un kilo entero de harina. Después había de poner la mezcla al fuego, con ayuda de un adulto, y mover para que no se pegara. Uno de mis hermanos ayudó a terminar el pegamento en el fuego. Lo mejor fue el resultado: una olla grande de pegamento. Pegamos papel periódico e hicimos tantas figuras como pudimos, y sobró.

A mi amiga se le ocurrió que podíamos usarlo para pegar el florero que su hermana había roto. pusimos capas y mas capas de pegamento al cristal pero nunca pegó; lo único que logramos fue embarrar de blanco lo que quedaba del florero. Se veía peor que antes. Por querer ayudar, lo habíamos arruinado. Ese día recibimos doble regaño, por haber hecho tanto pegamento y dañar más el florero.

Si no cuidamos nuestras palabras, podemos lastimar a alguien que amamos y causarle una herida profunda. Como cunando contestas groseramente a tus padres o te burlas de tu mejor amigo(a). Aunque después quieras usar tu propio «pegamento» para reparar la herida, no servirá, empeorarás la situación.

Para reparar las heridas que provocas, recuerda que el «pegamento» de Jesús pone todo en su lugar y quita el dolor pero no borra su marca. Te hará recordar que debes tener cuidado con lo que dices la próxima vez que veas a esa persona. (I) 

«Las palabras del sabio le atraen simpatías, pero las del necio son su propia ruina» (Eclesiastés 10:12)

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Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Génesis 6:5, 6.

¿Qué imagen tienes de Dios? ¿De un ser imperturbable, “acomodado en su gloria”, que mira de manera flemática lo que sucede en nuestro mundo, todo su dolor y miseria, como diciendo: “Ustedes eligieron ese camino, arréglense como puedan”?

Desde sus primeras páginas, la Biblia nos habla de cuánto nos ama Dios y cuánto dolor ha traído a su corazón el terrible experimento de la rebelión.

Nuestro texto de reflexión para hoy describe los sentimientos del corazón de Dios por causa de la maldad que había en la Tierra antes del diluvio. El ser humano había llegado a un punto, similar al que vivimos hoy, en que “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y… todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Por supuesto, toda esta maldad traía sus consecuencias en términos de violencia, abuso, deshonestidad, depravación moral, lo que provocaba un estado de sufrimiento terrible a la humanidad de aquel entonces, como también lo provoca la maldad que existe hoy.

Imagínate si tuviéramos noticia de todos y cada uno de los sufrimientos que padecen todas y cada una de las personas, y no solo tuviésemos noticias, sino también estuviésemos obligados a contemplar a cada momento tanto dolor. Pues, eso es lo que le sucede a Dios. Él es omnipresente y a su vez omnisapiente. No hay nada que se esconda de su presencia, de su mirada y de su conocimiento (Sal. 139).

No solo nosotros sufrimos como consecuencia del pecado. Dios también sufre intensamente. Y, si bien seguramente a Dios no le sucede como a nosotros, que llegamos a desesperarnos por el dolor y hasta en algunos casos a enloquecer, seguramente no estaría muy desacertado el filósofo ateo y anticristiano Friedrich Nietzsche cuando sentenció: “Dios tiene su propio infierno, que es su amor por los hombres”. (I) 

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Respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza. Job 42:1-6.

¿Qué fue lo que hizo cambiar a Job de actitud? ¿Fueron las explicaciones que Dios le dio acerca de por qué o para qué estaba sufriendo? No hubo tales explicaciones. ¿Fue que cuando Dios se manifestó a Job inmediatamente hizo desaparecer su enfermedad y su dolor físico, y le restauró automáticamente todos los bienes perdidos? No, el texto bíblico nos dice que eso sucedió después, luego de que oró por sus amigos (ver Job 42:10).

Job seguía cargando con su sufrimiento, pero el cambio lo produjo ese encuentro especial con Dios. No es que antes no hubiese sido un hombre profundamente religioso. Dios mismo testificó ante Satanás que Job era un hombre “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:8). Pero, por maravilloso que fuera (y lo era) ese nivel de espiritualidad, no bastaba para sobrellevar semejantes pruebas con una fe intacta, no perturbada por el sufrimiento. Necesitaba algo más, algo especial. Y lo obtuvo: un encuentro con él fuera de lo común. Ver a Dios.

Hoy, todavía Dios parece callar. Pero llegará el día en que todos tus dolores desaparecerán. Jesús regresará a buscarnos. Veremos cara a cara a Aquel que también se dejó tocar violentamente por el sufrimiento, que fue “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isa. 53:3).

Tendremos los primeros mil años iniciales de la eternidad para que Dios nos dé todas las explicaciones de los hechos terribles que ocurrieron aquí (ver Apoc. 20). Pero, lo que mayor consuelo nos dará será que estaremos con nuestro Dios-Redentor. Disfrutaremos de su presencia, de su amor infinito, de su sabiduría sin límites. Y sentiremos que eso compensará por la eternidad todos nuestros padecimientos en este mundo. (I) 

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Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. Job 38:1-4.

Al igual que Job, el sufrimiento en muchas ocasiones nos ha empujado hasta los límites de la fe, y a veces sentimos que navegamos entre la fe y el ateísmo, que tenemos un pie en cada uno de ellos; que andamos al filo del abismo de la duda y el escepticismo.

Pero por fin Dios rompe el silencio. Le habla a Job. Lo más notable es que en ningún momento le explica por qué o para qué permitió que sufriera tanto. Seguramente, porque el misterio del pecado y del dolor es tan grande, tan grave, que el hombre no puede llegar a captarlo.

Y, a continuación, y durante cuatro bellísimos capítulos del libro de Job, cargados de una exquisita poesía de características semíticas (que utiliza el paralelismo de ideas, antes que la rima), Dios se dedica a lanzarle una serie innumerable de preguntas, todas centradas en un tema: el poder infinito, la sabiduría infinita y el amor de Dios tal como se revelan en su obra creadora y sustentadora de las maravillas y bellezas de nuestro mundo. Todas están dirigidas a hacer reflexionar al patriarca sobre con quién está tratando; quién es, en realidad, ese Ser supremo al que Job amó tanto, reverenció y sirvió en los momentos de paz y prosperidad, y ante quien ahora protesta e inquiere.

Dios es a quien debemos todo lo que hace deseable la vida, todo lo bueno que tenemos y de lo cual gozamos, todas las bendiciones de la vida. Si no fuese por su poder creador, nada existiría, ni siquiera nosotros. Si no fuese por su poder sustentador, por su cuidado constante, ningún ser conservaría su existencia ni duraría un solo segundo en este planeta ni en el universo.

En síntesis, lo que Dios quiere decirle al patriarca es: Job, aunque no entiendas lo que te pasa, ni yo te lo explique ahora porque aún no puedes comprenderlo, confía en mí. Tu vida está en buenas manos. (I) 

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