Meditaciones

Meditaciones (601)

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Mateo 4:17.

Nuestro Señor Jesucristo no fue un demagogo. Según los autores de los evangelios, lo primero que hizo Jesús, al iniciar su ministerio, fue exhortar a las personas al arrepentimiento, como lo muestra nuestro texto de reflexión para hoy, que se encuentra antes del llamamiento de Jesús a sus primeros discípulos (ver Mat. 4:18-22).

La palabra griega traducida como arrepentimiento es metanoia, que significa “un cambio de mente”. Es decir, una nueva forma de ver la vida, una nueva percepción de la realidad, nuevos sentimientos, pensamientos, motivaciones y valores, nuevos principios y conductas. Implica una tristeza por los males realizados y un profundo deseo de cambio.

La misión fundamental de Jesús, si bien incluyó de una manera notoria la ayuda práctica a la gente (alimentando a multitudes en un par de ocasiones, sanando enfermos, resucitando muertos), fue producir un cambio espiritual y moral en la humanidad, una transformación, una liberación del pecado, de la rebelión contra Dios, que es, en definitiva, la causa última del resto de los males físicos y sociales de la humanidad.

¿Siente el cristiano necesidad de ayuda divina para resolver sus problemas? Obviamente. ¿Necesita seguridad económica, laboral, de salud y de amistad social? Por supuesto. Pero no son esas las motivaciones primarias por las que se acerca a Jesús, sino que siente un llamamiento interior a una vida noble y santa, y sabe que en su Redentor se encuentra la satisfacción a estas necesidades y aspiraciones.

Como todo cambio, el arrepentimiento puede provocarte una lucha interior entre seguir la inercia y la comodidad de tus viejas ideas y costumbres o el desafío y el vértigo de lanzarte a conquistar las alturas de elevación espiritual que Jesús te propone. Pero verás que vale la pena, y que nada puede compararse con la satisfacción de seguir a Jesús. Es cierto, hay un “gasto energético” en esta elevación, pero Jesús te ofrece su ayuda, para que no tengas que hacerlo solo, con tus escasas fuerzas humanas, sino con su poder omnipotente, que te asegura la victoria. (I) 

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Haced discípulos a todas las naciones… enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Mateo 28:19, 20.

¿Qué es un discípulo? Creo que podemos hacer una distinción importante entre un discípulo y un alumno. La mayoría de los alumnos asisten al colegio por coerción. Si fuese por ellos, no irían a clases, y mucho menos harían las tareas escolares y estudiarían para los exámenes. Son pocos aquellos a quienes les interesan los contenidos de las materias que se dictan en el aula. Son solamente alumnos. Pero un discípulo es alguien que admira tanto a su maestro, que está tan interesado en lo que tiene que enseñarle, que ansía aprender de él, y tanto se va contagiando de su forma de ser que llega a convertirse en su imitador.

Estoy convencido de que un verdadero cristiano es, ante todo, un discípulo de Jesús; alguien tan fascinado con la personalidad de Jesús y con sus enseñanzas que desea, por sobre todas las cosas, parecerse a él, imitarlo, seguir en sus pasos, aprender sus enseñanzas e incorporarlas en su vida y servirlo con todo su corazón.

¿Has llegado a captar hondamente lo excelso de la persona de Jesús? ¿Comprendes que es Dios mismo, el Creador y Sustentador a quien debes la vida y todas sus maravillas, que se hizo hombre para salvarte, aunque eso le costó un sufrimiento indecible, pero lo hizo porque te ama con un amor insondable? ¿Te sientes conmovido y comprometido con su amor? ¿Admiras sus enseñanzas espirituales y morales, te sientes identificado con ellas y has llegado a darte cuenta de que Jesús es “la Luz del mundo”, que te saca de las tinieblas en las que se encuentra nuestra sociedad? ¿Ha llegado él a ser tu única y gran esperanza de un mundo mejor, ese mundo puro y noble con el que sueñas, exento de maldad, dolor y muerte?

¿Tienes en tu corazón el anhelo ferviente de asemejarte cada vez más a él, de imitar su carácter, de regir tu vida por sus principios? ¿Anhelas servirlo ayudando a los que te rodean a conocerlo y a sobrellevar las luchas de la vida, como lo hizo Jesús?

Entonces, eres un discípulo; eres un cristiano de verdad. (I) 

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Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?… Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Mateo 27:46; Lucas 23:46.

En la cruz, en medio de la sangre derramada que manchaba todo su cuerpo; en medio de los tremendos dolores de su espalda recientemente lacerada por los bestiales latigazos que le propinaron los soldados romanos; en medio del dolor insoportable que le provocaron los gruesos clavos que horadaron sus muñecas y sus talones; en medio de los calambres y la asfixia que le provocaba su posición en ella; en medio de la deshidratación producida por el calor abrasador del sol y la tremenda pérdida de sangre, quien estaba padeciendo era Dios mismo, hecho hombre. Y el Padre estaba padeciendo con él, como un padre terrenal padecería si a uno de sus hijos le tocara sufrir lo que padeció Jesús. Ese mismo Dios al que no entendemos cuando permite el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres, al que cuestionamos, criticamos y juzgamos como el incompetente Gobernante del universo y de nuestra vida, es el que estaba compartiendo nuestro dolor, haciéndose uno con nuestro sufrimiento, dejándose tocar por nuestra tragedia de la manera más brutal. Y Jesús también, como lo sentimos nosotros cuando sufrimos en demasía, sintió que estaba abandonado por Dios, que no había nadie superior que lo asistiera y sostuviera en esa hora trágica que estaba padeciendo; que estaba solo con el sufrimiento y la muerte. Y se lo dijo al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Lo más importante es que este mismo Dios-hombre que padeció a tal punto que se sintió desamparado por el Padre, finalmente nos da el ejemplo supremo de fe, a pesar del dolor, de la incomprensión, de la angustia, porque termina, a pesar de todo, remitiendo su vida a Dios: “En tus manos encomiendo mi espíritu”, sabiendo que aunque él no entendiera el aparente desamparo de Dios, su vida estaba en buenas manos, y que podía encomendársela sabiendo que Dios tiene, en definitiva, la última palabra sobre el dolor, y es una palabra llena de triunfo, consuelo y esperanza. (I) 

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Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte. Mateo 26:37, 38.

Si ya tuviste alguna vez algún episodio de angustia verdadera, sabes la sensación de “miedo a la vida”, de opresión, de inseguridad, de destino catastrófico, que se siente en el pecho.

El jueves de la Pasión, frente a la perspectiva de los terribles sufrimientos que tendría que padecer -agravados por la sensación de estar separándose de su Padre celestial, por haberse constituido en el Sustituto del hombre (2 Cor. 5:21), y tener que morir en lugar de millones y millones de personas a través de la historia, llevando sobre sí mismo la condenación y el castigo por sus pecados-, Jesús empieza a sentir una angustia tan grande que llega a decir que su alma estaba “muy triste, hasta la muerte”. ¿Tienes alguna idea de lo que significa esto, de sentir que te mueres de angustia, que tienes la sensación y el sentimiento de que tu angustia te va a matar? Algunos de nosotros hemos sentido algo parecido a esto, pero ningún ser humano, jamás, ha padecido esta misteriosa y sobrenatural angustia que sintió Jesús frente al sacrificio infinito que estaba empezando a realizar por amor a nosotros.

Tan grande es su angustia mental, su conflicto interior entre su deseo de salvarnos, pero, a su vez, su instinto natural y legítimo de conservación, que el evangelio nos dice que, “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Luc. 22:44). ¿Puedes imaginar el estado mental de suprema angustia por el que pasó Jesús, que llegó a provocar semejante repercusión física, posiblemente “hematidrosis”?

Este es el sufrimiento de un Dios, no meramente de un ser humano. Jesús se angustió por nosotros con una angustia que jamás podremos comprender. Pero lo importante es que, pudiendo evitarla, se sometió a ella por amor a nosotros, para que pudiéramos ser salvos eternamente, libres de todo mal, dolor y angustia. Entrégale hoy tu amor y tu consagración a este Dios-hombre, Salvador tuyo, que quiere verte salvo y feliz para siempre, porque “en toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz [te] salvó” (Isa. 63:9). (I) 

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Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Juan 13:3-5.

Se cuenta la historia de un misionero que trabajaba por Cristo en un país pagano. Se había hecho amigo de los representantes de otras religiones no cristianas que residían en ese lugar, y cierta vez se organizó una reunión en la que cada representante religioso debía presentar, de la manera más escueta, gráfica y contundente posible, quién y cómo era su dios.

Llegó el día, y cada uno de ellos hizo su presentación, con gran elocuencia. Cuando le llegó el turno al misionero cristiano, este llevó un cuadro que representaba la escena a la que hace alusión nuestro texto de reflexión para hoy: Jesús, lavando los pies de los discípulos. De más está decir el impacto que produjo entre los demás religiosos.

No se equivocó este misionero. Ese es nuestro Dios, Jesús: un Dios que descendió de la inefable felicidad del cielo a nuestra problemática y peligrosa Tierra, ocupó el lugar de un simple trabajador manual en las colinas de Galilea, y vivió toda su vida para servir y ayudar al prójimo, sin buscar ningún tipo de honores para sí.

Ese acto visible, físico, fue un símbolo de la infinita humillación que representó para él abandonar el cielo; hacerse hombre, con todas las limitaciones propias de la humanidad, en comparación con su omnipotencia divina; vivir como un campesino; y no reclamar nunca ningún honor ni servicio de los demás, sino tan solo desear servir al necesitado.

¡Cuán diferente sería nuestra sociedad pretendidamente cristiana si, a lo largo de los siglos, se hubiese vivido de acuerdo con los valores y el ejemplo de Cristo! ¡Cuánta ambición egoísta, cuántos conflictos personales, familiares, laborales, religiosos, nacionales e internacionales se evitarían si todos viviésemos de acuerdo con este sublime ejemplo de Jesús, quien siendo Dios no vino para ser servido, sino para servir! (I) 

 

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Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella. Mateo 26:10-13.

En esta cena, María hace todo lo contrario de lo que se espera de una mujer “decente” de su tiempo. Se mete donde no debe y, en un acto de “excesiva” confianza, derrama perfume en público sobre la cabeza y los pies de un varón, quien, además, es un maestro religioso; llora sobre los pies de ese hombre y ¡los besa!

María parece exhibir, en todo su comportamiento, resabios de su vida pecaminosa anterior, expresiones culturales de su vida liberal antes de conocer a Jesús. Su trato con Jesús, aun cuando su intención fuera buena, estaba “contaminado” con elementos propios de su conducta pecaminosa pasada.

Pero aquí está el dictamen de quien alguna vez será el Juez del universo: Jesús, que es consciente de la escena y de todo el comportamiento de María, alza su voz por encima del murmullo de la multitud, y sale en defensa de la pobre María, con las contundentes palabras de nuestro texto de reflexión para hoy: “¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra”.

¡Cuán maravilloso es el amor de Jesús! El Salvador toma esa obra de María, “contaminada” probablemente por los elementos culturales de su anterior vida de pecado, llena de faltas a la moral corriente de sus días, y delante de toda esa gente allí reunida la califica como una “buena obra”. Y Jesús honra a María no solo delante de aquellos comensales, sino también delante de todos los cristianos, de todas las épocas, para decir que ella, con ese acto, ayudó a preparar su cuerpo para la sepultura, y que este incidente debía ser contado por los cristianos, a lo largo de toda la historia del cristianismo, para honrar la memoria de María. (I) 

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Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Juan 12:4-6.

¿Cómo pudo Jesús tener una clase de persona así en su iglesia y entre lo más selecto de sus discípulos? ¿No te escandalizas tú cuando ves en la iglesia a gente que te preguntas qué está haciendo allí, si lo que menos parece es un cristiano? ¿No habría que echarlos de la iglesia, para que no contaminen a los demás, los desmoralicen, y dejen de echar tierra sobre el buen nombre de Cristo y de la iglesia?

Pero Jesús tiene otra visión de las cosas. Su corazón gigantesco y salvador amaba a Judas con un amor insondable, y lo tuvo consigo todo ese tiempo, aun sabiendo que lo iba a traicionar. Sabía que era ladrón y que profanaba el dinero sagrado para un uso personal. Sin embargo, lo tuvo consigo, en la iglesia, y entre su grupo de discípulos escogidos, porque no quería que le faltara ninguna oportunidad para que pudiera arrepentirse, convertirse y salvarse.

Hoy, Jesús también ama a tus hermanos en la fe que te parecen falsos cristianos, hipócritas, materialistas, “mundanos”, y los conserva en la iglesia para que tengan la oportunidad de ser salvos. Y, lo más importante: Jesús te tiene a ti en la iglesia, a pesar de tus defectos de carácter, de tus luchas morales y espirituales, aun de tus caídas. Cuántas veces, quizá, lo traicionaste de una u otra manera que tú solamente sabes. Pero Jesús no te desecha, sino que te mantiene cerca de él, y de su cuerpo, que es la iglesia, porque quiere verte en su reino, eternamente salvo y seguro, cuando venga a buscarte. ¿No caerás de rodillas ante él, ahora mismo, para agradecerle por su amor y para arrepentirte de aquello que te separa de él y te hace daño? Hazlo sin temor ni incertidumbres, porque Jesús prometió: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). (I)

 

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Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Lucas 7:40-42.

Algunos pensadores cristianos creen que Simón era pariente de los hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María, la mujer a quien ahora estaba criticando como “pecadora” (ver vers. 39). Y, lo más terrible es que, según Elena de White, “Simón había arrastrado al pecado a la mujer a quien ahora despreciaba. Ella había sido muy perjudicada por él”.

¿Sabía Jesús todo esto? Por supuesto. Jesús sabía todas las cosas (lee Juan 2:24, 25). ¿Qué habrías hecho tú, si hubieses tenido tal información? Es probable que algunos de nosotros, indignados por su hipocresía, lo hubiésemos denunciado en público. Pero Jesús no es como nosotros. Él se acercó al oído de Simón y le contó la breve parábola del texto de reflexión para hoy, dejándolo que él sacara sus propias conclusiones. Simón se dio cuenta de que ese hombre al que criticara en su interior, sin decir palabra, era más que profeta, porque conocía hasta sus pensamientos más íntimos, y lo demostró al contarle esa parábola.

“Simón fue conmovido por la bondad de Jesús al no censurarlo abiertamente delante de los huéspedes. Él no había sido tratado como deseaba que María lo fuese. Vio que Jesús no quiso exponer a otros su culpa, sino que, por una correcta exposición del caso, trató de convencer su mente y subyugar su corazón manifestando benevolencia… vio la magnitud de la deuda que tenía para con su Señor. Su orgullo fue humillado, se arrepintió, y el orgulloso fariseo llegó a ser un humilde y abnegado discípulo”.

¡Qué maravilloso el silencio salvador de Jesús! Jesús no solo salvaba por lo que hacía y decía, sino también por lo que callaba. Hoy, el Amigo de los pecadores es también tu Amigo, y quiere rescatarte, como lo hizo con Simón. (I) 

 

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Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Juan 8:9-11.

Este es uno de los pasajes más sublimes de los evangelios, y más conocido incluso por la cultura popular. Aquí hay algo maravilloso:

Jesús, que hubiese tenido derecho a condenar a la mujer, no solo porque era sin pecado, sino también porque algún día será el Juez de toda la Tierra (lee Juan 5:22), pronuncia otra sentencia, pero esta vez llena de amor y compasión: “Ni yo te condeno”. Porque, como él mismo le había enseñado a Nicodemo, en aquella memorable conversación de noche: “No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17). Jesús no está interesado en condenar, sino en salvar; y, si bien es cierto, habrá un día final en el que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo (2 Cor. 5:10), es su deseo librarnos de toda condenación y, por su sangre, perdonarnos, limpiarnos y emanciparnos de esa enfermedad mortal que es el pecado.

Lo notable del pasaje es que dice que quedaron “solo Jesús, y la mujer que estaba en medio”, porque desaparecieron las voces acusadoras. Eso es todo lo que importa: los hombres siempre encontrarán faltas en tu vida, para juzgarte, criticarte, acusarte, porque eres pecador, como también lo son los que te acusan o critican. Nadie puede alzarse con la conciencia absolutamente limpia, pretendiendo que no tiene pecado ni defectos, ni de palabra, pensamiento o acción. Pero, el único digno de juzgarte es Jesús. Y cuando te encuentras tú solo con él, no encuentras a alguien que quiera juzgarte y condenarte, sino a tu Salvador amante, que dio su vida en la cruz, que resucitó y que ahora está intercediendo por ti, para que puedas ser perdonado y salvado. Olvídate de la mirada ajena acusatoria. La opinión de Jesús es todo lo que importa: “Ni yo te condeno; vete y no peques más”. (I) 

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